NI JUSTICIA NI PAZ

Rosa Esther

Horizonte Ciudadano

Por: Rosa Esther Beltrán

Recientemente se cumplieron 3 años del surgimiento del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD). En esa conmemoración esta organización  manifestó que los mexicanos seguimos en medio de la guerra: las desapariciones, los secuestros, los asesinatos, las extorsiones y el miedo. Y las víctimas, como en la administración calderonista, son borradas de la conciencia nacional.

Para el MPJD la realidad de violencia y corrupción que agobia a los mexicanos evidencia la inexistencia del Estado; “es una situación en la que la nación se pierde, la cual no cambiará, sostiene el colectivo, si no se presenta una profunda reforma del Estado y sus múltiples y obscuras corrupciones, una reforma que genere una nueva democracia, representativa y participativa”.

En este aniversario del MPJD Javier Sicilia y Julián LeBarón externaron que será la sociedad civil la que logre abatir la violencia y cambiar el rostro de corrupción, represión y autoritarismo que presentan las instituciones de este país, porque el cambio no vendrá de ellas.

Esta demanda sustantiva para encontrar la justicia y a la paz sigue siendo un reclamo incumplido que la clase política le niega al pueblo de esta nación; en este reclamo de refundación a las voces de las víctimas se suman las de los poetas y el pueblo invisible, humillado y negado por la delincuencia organizada y el Estado.

En  los primeros días de junio de 2011 el MPJD comienza un recorrido; la Caravana por el Consuelo de la que Sicilia describió que significaba que en cada kilómetro la esperanza de la justicia y la paz iba en los pasos por las zonas más adoloridas del País frente a la desolación humana y la indefensión de las familias de la víctimas que en muchedumbre se arrastran en el infierno y llegan a los templetes para gritar y reclamar su dolor y para romper su soledad al llamado de la Caravana.

La Caravana del MPJD llegó a Saltillo y la prensa local reseñó la displicencia de la población; 14 camiones y otros vehículos particulares transportaban a más de 600 personas, pero Saltillo parece que no lo está; quizá la población estaba ocupada en la elección de Gobernador y tal vez por ello mostró su rostro de indiferencia hacia las víctimas de esta tragedia que se  hace tangible en el grito, “ni un muerto más”; el obispo fray Raúl Vera acompañó a la Caravana y se presentaron historias que superaban cualquier ficción de terror, relatos que enmudecían a los presentes y les arrancaron lágrimas de tristeza, indignación e impotencia; ahí estuvieron los activistas de Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila cuyos relatos aterradores no quebraron la indiferencia de las autoridades.

VANGUARDIA, relató lo que era sólo el inicio de un brutal inventario de injusticias, actos indignantes, penas inimaginables. Y otra teoría se asomó al gimnasio del Colegio Zaragoza: los saltillenses no quieren estar de frente al sufrimiento ajeno. Cuando hay que donar despensas para damnificados, regalar juguetes, colaborar con el Teletón, redondear por los enfermos de cáncer lo hacen. Pero darse a la tarea de escuchar —de viva voz— el sufrimiento, que exige más que sacar la billetera, Saltillo no quiere verlo a los ojos, ni oír sus palabras o sentir su tormento; esa fue la crónica.

Las víctimas siguen acumulándose en un olvido ominoso, los muertos se hacinan, los desparecidos se aglomeran, los desplazados alcanzan los 300 mil. Y desafortunadamente la fragmentación social cunde y en ella se apoyan los priístas y los otros partidos políticos para recuperar sus funciones de beneficiarios  y comparsas del poder.

Con el gobierno peñanietista confirmamos signos claros de retrocesos por aquí y por allá, como los de las leyes secundarias de la reforma de telecomunicaciones que instauran un Estado autoritario y que dificultan el ejercicio del derecho a la protesta; signos que desnudan el cinismo y que nos obligan a mantener viva la memoria como remedio para evitar que las historias de abuso del poder se repitan; es imprescindible tomar desde abajo el camino común de la justicia y de la paz (Javier Sicilia, Proceso 1952).¨

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