EL FIN DE LA TESIS DE LAS MANZANAS PODRIDAS

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El mito del buen gobierno de Humberto Moreira en Coahuila se derrumbó hace mucho tiempo. Los millones de pesos públicos utilizados para cultivar a una prensa dócil, para comprar conciencias con contratos y subsidios, y para engrasar una aplanadora electoral fueron finalmente insuficientes para proteger el legado de Humberto Moreira en la historia política local. La interminable lista de preguntas sin respuesta deja solo dos posibilidades para describir aquel gobierno: O fueron seis años de desorden administrativo, o seis años de descarada corrupción. Bajo el primer supuesto, Humberto Moreira fue incapaz de detectar y contener la voracidad de un número pequeño de colaboradores desleales. Esta, la tesis de las manzanas podridas, pinta a Humberto como víctima y a su hermano Rubén como el héroe que rescata al estado de la quiebra. El segundo supuesto es menos benévolo con la familia que aún manda en Coahuila. La tesis de la corrupción sistémica sugiere que el exGobernador es el líder de una banda de hampones que asaltó a una sociedad adormilada, y que Rubén juega el papel del cómplice que esconde y desaparece la evidencia. Si bien ninguna de estas narrativas resulta cómoda para los gobernantes de Coahuila, evidentemente prefieren la primera.

No es casualidad que el mismo aparato propagandístico que hace años intentó convencer al país de que Humberto Moreira merecía un lugar en las grandes ligas de la política nacional, hoy promueve la tesis de las manzanas podridas. Conscientes de que ya no es posible negar el desastre administrativo y financiero que dejó aquella administración, los defensores del moreirismo buscan contener los daños encapsulando el debate. Según la narrativa oficial, el malo de la película no es Humberto Moreira sino el extesorero Javier Villarreal, y la materia relevante no es el incierto destino de $35 mil millones de pesos, sino las firmas apócrifas que justificaron un par de créditos por $3 mil millones de pesos. Desde su óptica, el escándalo ya no incluye las obras construidas a sobre-costo, los programas sociales operados sin padrones o reglas transparentes, el gasto multimillonario y discrecional destinado a propaganda gubernamental, la doble contabilidad en las finanzas públicas, el abultamiento injustificado de la nómina burocrática, o la posible entrega del estado al crimen organizado. Bajo el lente del oficialismo moreirista instalado en el Palacio de Gobierno y en el Congreso local, todos estos aspectos se han vuelto tan irrelevantes que podemos dar la vuelta a la página. Paradójicamente, nuestras autoridades no asumen la voracidad de Javier Villarreal y Jorge Torres como la punta del iceberg, sino como dique de contención contra la tesis de la corrupción sistémica.

El silencio de Javier Villarreal es indispensable para sostener esta estrategia. La cantaleta oficial es que Humberto, la víctima, interpuso una denuncia y que Rubén, el héroe, solicitó la creación de una comisión investigadora en el Congreso local. A pesar del manejo mediático, lo cierto es que las investigaciones que ambos detonaron caminan a un paso sospechosamente lento, limitando su alcance al asunto de la falsificación de documentos. Unos fingen investigar, y las manzanas podridas callan y fingen esconderse. Mientras tanto los dictámenes de la Auditoría Superior del Estado -documentos que sí señalan inconsistencias contables que apuntan a la tesis de la corrupción sistémica- jamás detonaron acción judicial o posicionamiento oficial alguno. Según la narrativa oficial, la expulsión de las manzanas podridas de la burocracia local basta para que Coahuila recupere su sitio como modelo de buen gobierno. La estrategia ha sido tan exitosa que pocos repararon en otra ilustrativa paradoja: El antiguo Secretario de la Función Pública del gobierno de Humberto Moreira -el encargado de prevenir y combatir la corrupción- fue ascendido a Tesorero del Estado por Rubén. Nadie levantó una ceja. Nos han convencido de que las acciones que enriquecieron a Javier Villarreal fueron tan aisladas, tan secretas y tan excepcionales que no podríamos culpar al mejor contralor del mundo por no descubrirlas.

Lamentablemente para el moreirismo, la reciente entrega de Javier Villarreal en los Estados Unidos podría descarrilar la narrativa de las manzanas podridas. Allá se le persigue por el delito de lavado de dinero -no solo por la posible distracción de fondos públicos para beneficio personal, sino también por un posible vínculo con dinero del narcotráfico. Algo o alguien convenció a Javier de salir voluntariamente de su escondite -en México por cierto- para arriesgar la posibilidad de pasar 20 años tras las rejas. Todo indica que pronto se convertirá en testigo protegido, y basta leer la más reciente declaración del padre de Javier Villarreal para adivinar lo que viene: “Aquí el único responsable es Moreira. Él era el Gobernador, el es el autor de todo esto.” El rastro de las manzanas podridas apunta al dueño de la huerta.

@oneflores

POR:  ONÉSIMO FLORES DEWEY

Ciudad Posible

(Tomado de: Vanguardia.com.mx)

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